Mis inicios en mi proyecto personal
Alfombra de trapillo con ganchillo, sin terminar
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Con 27 años, viviendo en Cartagena (Murcia) me quedé embarazada. El comienzo de mi maternidad fue desastroso: Náuseas y hambre a la vez, olores por todos lados, arcadas con cada ráfaga de viento o suspiro con aromas poco bienvenidos por mis hormonas,… todo lo más lejano al cuento de hadas llamado “maternidad”. No voy a mentir, a mi sí me dijeron que podía ser espantoso. Sí me dijeron que podía sufrir mucho. Ser madre es sufrir. Obviamente, este mensaje negativo no tendría ningún sentido si no fuera por el otro lado: ese sufrimiento iba a merecer la pena, y un hijo iba a desplazar el centro de mi mundo (y de mi percepción de él) para centrarse en otra persona. Así fue, y en 2015 nació Mateo tras una mudanza a Madrid. Él ha sido un antes y un después. Removió los cimientos de mi vida para hacerse hueco. Lo consiguió.

Encantados con nuestro hijo, mi marido y yo decidimos darle un hermano de forma temprana, porque “ya que estábamos metidos en el ajo, nos liamos del todo”. Así que en 2016 nació Teresita. Nunca antes nos habíamos esperado que tener dos hijos tan seguidos nos fuera a derrumbar de esa manera…

Cansancio, tristeza, sensación de no salir nunca de la vorágine de lo que supone un recién nacido, maltrato a la relación de pareja,… Suponía un gran ideal eso de tener dos hijos tan seguidos, los dos encantadores, sanos, ¡sanísimos! ¿qué más podíamos pedir? Una casa. Una idílica casa con jardín en un pueblo idílico bien comunicado con la gran ciudad. Y un perro. El perro todavía no ha llegado, pero la casa con jardín llegó en 2017. Nos acercábamos al ideal perfecto digno de un romanticismo exagerado. Y lejos de ser así, el traslado fue todo lo contrario. La casa nos comía con su polvo de obra, caldera que marcaba fallos a diario, jardín lleno de escombros, hija gateando entre cajas (porque no teníamos muebles), ensuciándose del dichoso polvo de obra. No hay palabras que puedan describir lo insufrible que fue el inicio de nuestra “vida idílica”. Pero un día, de repente, empecé a sentir que tomaba control de la situación: veía la casa algo limpia (o menos sucia), mis dos hijos iban a la guardería y volvían contentísimos de ella, mi marido había puesto varios apliques de luz en puntos donde nos urgía un punto de luz, puso ESPEJOS, el suelo radiante comenzaba a funcionar algo, la caldera no fallaba tanto, y a pesar de seguir con el jardín lleno de escombros, ya no me importa tanto, porque he plantado bulbos en unas jardineras. ¡Por fin me he hecho con la casa!

Te estarás preguntando qué tiene que ver todo esto con el trapillo… Pues que ahí me salió el instinto y ganas de comenzar a crear. Digo crear porque toda esta historia la guardo en mi mente, y en mi primera alfombra. La hice en cuanto pude sentarme decentemente en mi nuevo sofá. Toda esa inspiración provocada por esas sensaciones, las buenas y las malas, la volqué en esa alfombra. Es una alfombra imperfecta, como todas las que hago, y por eso me encanta.

Se llama Cris. La alfombra Cris.

Comentario (1)

  • Cómo te entiendo, Sara. Nosotros también tuvimos a nuestros peques seguidos… Y no es fácil, nada fácil. Qué maravilla que encontrases esta pasión donde volcar tus emociones, porque se nota, lo transmites ❤

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