María
Parte de los colores de la alfombra. Rosa, azul mar, blanco, azul menta
Publicado el Blog

Mi segunda alfombra, pero sin duda la más especial (aunque odio elegir, porque todas son especiales para mí, esta tiene razones de peso).

Mi hermana.

Esta alfombra es la que más me ha costado hacer. No por complejidad, sino por la época en la que la tejí.

Corría el mes de enero de 2018 cuando, tras finalizar mi primera alfombra, me lancé a hacer una segunda, con la emoción de haber logrado un objetivo. Se me antojaba un rosa. Cuando iba a medio camino de la alfombra, mi otra hermana mayor me llamó y me comentó unos problemas de salud que estaba teniendo María. La cosa se complicó, y lo que requería una intervención sin importancia acabó revelándonos el peor de los diagnósticos: Cáncer. No un cáncer cualquiera: el mismo cáncer del que murió nuestra madre hacía 24 años. ¿Casualidad? No lo sé, pero desde luego nos supuso una regresión en el tiempo a toda la familia.

Escribo esto con permiso de mi hermana, desde el corazón encogido y con la fuerza necesaria para expresar lo que tengo dentro.

Una no sabe lo fuerte que es hasta que la vida no le pone a prueba. Desde luego, nadie quiere que le pongan a prueba, pero así de puñetera es la vida, que te da sin avisar, que te enseña la lección después de ponerte el examen. Me río de los exámenes sorpresa en el colegio.

María es fuerte. Tan fuerte que aguantó dolores inaguantables, hasta que el cáncer ya no sabía cómo decirle que estaba en su cuerpo, y le provocó una peritonitis. Tan fuerte que superó esa peritonitis, y lejos de darle la buena noticia de que sus dolores iban a irse para siempre tras esa intervención, le dieron la peor que le podían dar. Pero recogió fuerzas y siguió su lucha. María está débil físicamente, pero nunca se ha mostrado tan fuerte ante la adversidad. Tan fuerte que tras otra intervención y quimioterapia, sigue con una sonrisa de oreja a oreja. Sigue amando la vida, amando su vida. Sabe lo que hay, y aunque acaba agotada, no quiere perder un minuto con los demás.

¿Por qué llamo María a esta alfombra?

Porque fue mi refugio a la hora de afrontar esta realidad. Cambié los tonos rosas a azules, porque es su color favorito. Tejí esta alfombra derramando lágrimas y contando puntos para no pensar en la realidad que estábamos viviendo. La llené de recuerdos con ella. De una infancia inseparable, de esos momentos en los que la odié por exceso de confianza, de esos momentos en los que me mostraba admiración, a los que yo respondía con vanidad. Me puse a pensar en qué nos separó en la vida: la madurez y mi locura.

Yo era muy independiente, me gustaba ir a lugares desconocidos, alejarme de los míos. María era lo contrario: hogareña, familiar… ¿qué mejor lugar que su hogar?. Así que mientras ella se quedaba en nuestra ciudad natal, yo me dedicaba a huir.

Huí tanto que me desentendí. Y me desentendí tanto que pasaba meses sin hablar con ella. “No pasa nada, eso significa que todo va bien, como siempre. Si algo va mal, ya me avisarán” me excusaba en mi mente. Hasta que me llamó mi hermana Laura un día: “María se encuentra mal, igual le anima una llamada tuya”. Le llamé y no me contestó. Me llamó un minuto después diciendo entre lágrimas “He visto que me llamabas y no me he atrevido a contestarte”. Me sonó muy raro, y le pregunté qué tal estaba (pregunta de respuesta obvia) “Pues mal, Sara, tu hermana está muy mal”. Mi corazón pegó un salto. Mi mente me pedía prudencia, pero algo no iba bien. María NUNCA me había dicho entre lágrimas que se encontraba mal. Un par de días después, le intervinieron de urgencias. Otro par de días después de la intervención, le dieron el diagnóstico de cáncer.

No voy a repetir lo escrito anteriormente. Todo esto lo recuerdo cada vez que veo esa alfombra. Lejos de la angustia, lo recuerdo con mucho cariño. Es una vivencia que permanecerá ahí. No puedo vender aquella alfombra, porque me pertenece. Esos recuerdos me pertenecen, y cada vez que la veo, aunque sea de refilón, me acuerdo de ella. Pero sí puedo, en su honor, vender alfombras como esa, y donar 10€ que recaude con cada venta a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). Así lo he hablado con ella. Me dice que siempre donaba a esa ONG cuando les veía por la calle porque sentía que lo hacía “por mamá” (nuestra madre murió de cáncer). No era consciente de que también lo hacía por ella. Por ella y por muchos más, porque nos va a tocar vivirlo en primera persona a un gran porcentaje de la sociedad.

Comentario (1)

  • Admiro tu fortaleza. Vuestra fortaleza. Y la valentía para escribirlo públicamente, porque sé que no es fácil. La iniciativa de la donación… maravillosa ❤ Un abrazo enorme

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