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Cuando la virtud se convierte en vicio…

¡Feliz año nuevo!
Sí, al menos saludo en enero, y no cuando llevemos medio 2020 a nuestras espaldas…

Tenía muchas ganas de volver a escribir aquí. Llevo meses con la sensación de que la vida me lleva, y no me da tiempo para sentarme a escribir aquí. Creo (espero) que es esta etapa de mi maternidad, en la que mis hijos me requieren todo el rato cuando estoy con ellos.

Hay mucho que contar, y no sé por dónde empezar… bueno sí: me he sacado el carnet de conducir. A mis 32 años. Puedes pensar que soy una retrasada (no te falta razón), pero la vida me había llevado a no tenerlo a mis 32 años, y la vida me ha llevado a sacármelo ahora (el no tenerlo me suponía una crisis matrimonial, ese era el nivel). Ahora soy feliz cogiendo el coche, llevando a los niños al cole, haciendo la compra,… me siento empoderada, independiente. Comprendo a mi abuela cuando me decía que en su época no se estilaba que las mujeres condujeran (qué barbaridad ver a una mujer al volante), pero si hubiera sido por ella, se habría sacado el carnet. Menos mal que esos tiempos quedaron atrás.

Otro cambio que estoy viviendo es el “autoconocimiento”. Hay gente que lee esto y que no sabrá de lo que hablo, y otra tanta que sí. Y es que reconozco que sufro, desde hace mucho tiempo, ansiedad con la comida. Tenemos muy mala relación, sí. Y llevo ya un par de años concienciándome sobre ello, y mentalizándome sobre una manera sana de terminar con ella. Es duro, me llevará el resto de mi vida, porque el hábito que llevo teniendo durante 32 años no voy a borrarlo en cuestión de nada. Necesito reeducarme, pero sobre todo… necesito verme preparada para ello. Todavía no lo estoy. Estoy en lo que sería una “fase latente”, donde voy detectando puntos que influyen en ello, les pongo nombre, me hago consciente de ellos… y avanzo hacia ese cambio que tendré que recorrer. Esto no es un post para atraer a herbalifers que quieran cambiarme la vida. Mi cambio no va por ahí, de verdad. 

Foto de un plato de rúcula, tomates y queso

¿Pero qué me ha traído hasta aquí? Muchas cosas. Comienzo por los “pedidos desplazados”, que descubrí en el perfil de Instagram de Ágatha, @mama_en_libertad . Los “Pedidos Desplazados” son necesidades, tendencias naturales que tienen las personas para llevar una vida sana, normal, acorde con la naturaleza humana. El cuerpo pide desde que nace. Pide comida y se la damos, pide movimiento, pide satisfacción de necesidades en general. Pide aquello para lo que está programado. Y ya desde que un bebé nace, le damos de comer, pero en cuanto necesita moverse, los padres ponemos el primer impedimento: “Este niño es muy movido, voy a dejarlo en la silla a ver si se duerme, que no me viene bien que quiera ponerse a gatear ahora mismo”. El cuerpo pide movimiento, y un adulto lo desplaza para otro momento en el que al adulto le venga bien. Al final, a nuestras lumbares nunca les viene bien, y la energía que el cuerpo del bebé tenía estimado gastar ese día, no la gasta. Y así, una y otra vez, hasta que el cuerpo “acumula demasiados pedidos desplazados”, y comienza a desviar esas necesidades por otro lado. Así, cuando necesita fruta y no la recibe (de manera continuada), empieza a pedir azúcar, el que sea, y aparece el chocolate. Cuando necesita moverse y no se mueve, aparecen tics y otras formas de movimiento que reflejan necesidades no satisfechas. Cuando se va creciendo, van surgiendo otros tipos de necesidades: necesidad de conocer, necesidad de dar, necesidad de comunicar,… y cuando se dan circunstancias que no permiten esas necesidades, se va adquiriendo hábitos que dan salida a necesidades no cubiertas ¿Cuántas veces no hemos pensado en personas con problemas de alcohol o drogas, que han tenido infancias difíciles? seguramente arrastren muchas carencias afectivas. 

Nuestras vidas están llenas de Pedidos Desplazados. NO busco culpables, porque la vida no trata de eso. Sólo busco motivos por los cuales llegamos a situaciones que nunca quisimos alcanzar. Creo que nadie espera en su infancia ser presidiario, o vivir entre cuatro cartones. Eso son resultados de muchas vivencias que han ido haciendo daño, como las pequeñas gotas de agua que erosionan una piedra tras caer sobre ella de manera continuada. En mi caso, con la comida, he escuchado muchos “qué bien come esta niña”, no me he movido mucho (tuve la oportunidad de hacer un deporte que me gustaba a pesar de ser malísima en él, pero se me retiró ese privilegio por ser aun peor en el ámbito académico), y llevo a mis espaldas un sinfín de Pedidos Desplazados que en mi etapa adulta, obviamente, han sido desplazados por mi propia voluntad. Y es que cuando desde pequeños aprendemos a no satisfacer unas necesidades, nos acostumbramos a ello, y aprendemos a no satisfacerlas. Pero nuestra persona sigue teniendo esas necesidades, por lo que empieza a pedir “por otro lado” (vicios). Ahí es donde comienza a torcerse todo.

Frutas con forma de corazón.

Pero el ser humano es maravilloso, y lo que se tuerce en él, tiene capacidad de enderezarlo. Igual no podemos devolver las cosas a su ser, como si nada hubiera pasado, pero sí tenemos el potencial (llamado libertad) de reconducir en nuestras vidas las cosas que no nos gustan en nosotros. No es fácil, necesitamos lo que menos nos damos… TIEMPO. Y eso es lo que precisamente me estoy dando a mí misma. Tendemos a pensar que quien no toma decisiones en un corto plazo es porque no le interesa. ¿Y si es que todavía no está preparado? Que María Montessori me perdone, pero voy a emplear la expresión “periodos sensibles” para esto: a mí me pasa que tengo momentos en los que reúno todas las fuerzas del mundo para tomar decisiones y cumplir con ello. A eso lo llamo “período sensible” (como los niños cuando tienen un brote de interés hacia algo concreto, y eso significa que es el momento perfecto para aprender muchas cosas de aquello que les interesa). Montessori decía que eso sucede en la infancia, pero yo lo traslado a la etapa adulta.


No ha llegado mi periodo sensible para trabajar más allá de la mente esta ansiedad que tengo con la comida. Pero dentro de mi mente, voy informándome, poniendo palabras a lo que me sucede, a mis sentimientos sobre el tema,… y dejaré fluir. ¿Qué sucede cuando intentas hacer algo “antes de tiempo”? Que normalmente fallas en ello, te frustras y sacas poco aprendizaje de esa situación. Pues eso mismo me ha pasado en mis intentos previos, así que tras este tochazo de explicación, vengo a decir que… LET IT FLOW.

Mi amiga Lucy me contó que los problemas con la comida implican una relación emocional con aquello que nos mantiene vivos. Y nos tenemos que enfrentar a ese vicio como mínimo 3 veces al día. No es cuestión de quitarse el tabaco o dejar el alcohol. Es otro tipo de trabajo, porque la comida no se puede quitar nunca. Además, recalco que la relación emocional con ella es muy fuerte: un niño se siente bien cuando le dicen lo bien que come, o cuando come un helado, o un adolescente se puede sentir mal cuando visualiza la cantidad de calorías que ingiere con un gofre y lo que eso le supondrá a su autoestima (teniendo en cuenta que es una edad en la que el atractivo físico significa mucho, y que los cánones de la actualidad no son los del Renacimiento).

Bueno, dejo de escribir ya, que sabes cuánto me gusta rajar… pero lo dicho: estoy poniendo palabras a lo que me sucede en la vida, y los “Pedidos Desplazados” ha sido un gran descubrimiento que han ordenado muchos conceptos en mi mente. Gracias a Ágatha por este descubrimiento.

Un súper abrazo, gracias por llegar hasta aquí 🙂

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